jueves, 21 de mayo de 2009

El regalo del centenario

En la pasada década de los noventa, la estructura mediática del poder global, creó la figura del héroe filosófico Francis Fukuyama, quién, cual falso mesías, con su pronóstico del fin de las ideologías y la expansión del neo capitalismo, abrió el camino al más grande desfalco de economías dominadas por el FMI.
El quiebre de las especuladoras líderes (tanto de la UEE como de los EEUU) y el consabido efecto dominó causado por los fondos tóxicos (papeles de bolsa sin respaldo, en castellano), nos hizo desayunar con la caída de bancos más espectacular jamás vista: Despidos masivos, baja de salarios, retiro de empresas de los países satélites, recesión y el exacerbo de la xenofobia, son algunos de los presentes que la caja de Fukuyama dejó caer sobre el mundo.
Argentina comienza a sentir en su hígado el picoteo de tales aves de rapiña. De todos modos, decisiones recientes, nos guardan de lo peor: El pago al FMI y la quita en la deuda externa, la acumulación de fondos en el Banco Central -por medio de retenciones-, el tipo de cambio alto, la nacionalización de los fondos de retiro, el incentivo gradual a nuestras manufacturas, el Banco del Sur y UNASUR, se develan herramientas adecuadas para ir volanteando la situación de descalabro internacional.
Mas, esta es sólo una instantánea de la realidad; los peligros acechan a la vuelta de la esquina y acaso para remediarlos y garantizar nuestro futuro como patria, sea preciso identificar el verdadero origen de nuestros males.

Hace años escucho un supuesto chiste, un retruécano: Argentina tiene un gran potencial… pero está llena de argentinos. Este insulto a nuestra inteligencia, a nuestras intensiones y desvelos, tal vez sea la llave, el hilo que nos guíe fuera del descontento en el cual nos movemos.

El problema es -según mi punto de vista- el discurso de los medios de comunicación, y el caso irreflexivo que de estos hacen, en especial, los integrantes de las clases medias-bajas y medias-altas. (Las clases altas y las oligarquías están mas allá de todo análisis, porque siempre serán lo que fueron; y las clases bajas son las que viven la realidad -el padecer o el alivio- según el gobierno que les toque. En las clases medias está el secreto, el punto sobre el cual reflexionar, la voluntad a sumar).

El planteo de Fukuyama, pretender que el ímpetu de la mente humana fuera a detenerse algún día, era patético; pero las editoras del mundo lo proclamaron y le creímos.
El planteo del menemismo, decir que el estado debía retraerse, abandonar sus funciones a manos del capital privado, fue criminal; pero ahí estaba Grondona y Bernie; ahí Tinelli y sus blupers, para que el pueblo aprenda a reír del padecer ajeno, en vez de condolerse. Y nos reímos. Vaya si lo hicimos.
Entonces -digo- con una mayoría de votantes mirando cada día la TV basura, Crónica TV, TN noticias o similares… Ahí sí – permítanme- estamos condenados al fracaso (como en realidad quiso decir Duhalde).

Por el contrario, si tomamos conciencia del poder de estos medios, del modo que operan sobre nuestro juicio y nuestra capacidad de decisión, y con sus propias armas les contestamos: mirando Canal a, Encuentro, Telesur; leyendo esa prensa y esos periodistas que nos permiten sacar una conclusión sobre lo leído, y no aquellos que buscan una transferencia de consignas, predigeridas por los formadores de opinión; solo así, nuestras voluntades van a poder ir sumándose; poco a poco, olvidando pequeñeces; tomando una senda, amplia, sí, pero común.

Sé que es largo, pero no me resisto a dar un ejemplo: las librerías tienen a la venta un libro en la vidriera, de título apodíctico (¿apocalíptico?); de pobre estilo; que repite su monserga de la primera a la última página; escrito con odio, el libro.
Este libelo vale $45; se vende a rabiar; figura en los records.
¿Quién lee este libro? La clase alta no, porque es la que lo ha dictado al escritor, criptor, cripta, y además está en castellano y ya sabemos que no es cool, leer en castellano.
Tampoco la clase baja, porque esta tiene que comer y no anda tirando la plata en libros.
Lo lee la clase media, y se inunda del odio de ese hombre mediocre y triste que se llama Aguinis, Agonis, Agonía.
Así, los hombres y mujeres que ceden $45 para el cipayo triste y serio, que nos conmueve,con su decir cansino y sus lentes de intelectual probo, consumen la mas venenosa de las mentiras, en pos del propio perjuicio, casi sin darse cuenta.

Bigand se asoma con júbilo al centenario. Organiza eventos con el afán de resaltar su edad y su momento histórico. Y bien que lo haga. Porque rescatar el pasado -sin endiosarlo- es un modo seguro de avanzar.

Y ahora una propuesta. Ojala a Bigand le interese: crear espacios de debate, de discusión, de análisis político, social y económico.

No hay por que asustarse. Podríamos empezar de a poco. Hablando bajito, diría. Discutiendo los problemas mas cercanos, los de cada día. Abordando las injusticias mas comunes, las que afectan a la mayoría. Trabajando lo que pueda ser modificado por nosotros mismos, que es mucho, seguramente.
Este Diario es un ejemplo de esos espacios a crear, porque en él he leído iniciativas opuestas. La secretaría de Cultura local es otro, abierto a sugerencias diversas. Ronda, idem. Sumar a las Radios, a las Cooperativas, a los Colegios, a los Clubes y a sus Mutuales, a toda persona o empresa que comprenda que un país justo sólo es fruto de acuerdos y consensos justos. (Justicia, entendida como bienestar de las mayorías). Ya muchos años fueron las minorías las que disfrutaron las mieles de este país condenado… al éxito.
Elijamos, de una vez y para siempre, concientes, nuestros miedos y nuestros anhelos; nuestros temas, nuestros payasos; de qué reírnos y de qué no.
Elijamos, para el centenario, nuestro regalo.

Sergio Galarza.

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