El
Heredero.
Junto
al río, fue encontrado un bulto. Atraída por el llanto, lo halló una lavandera.
Al sol de la mañana, lo alzó. En el pecho del niño brilló una medalla que la
mujer, esa tarde, canjeó en la feria.
Poco
después, a su casa se presentó un hombre alto que no sonrío nunca. En la mano
traía el bronce. Dijo que el niño era hijo de la Reina y que, un día, el trono
sería su derecho.
Desde
entonces fue educado para el mando y el gobierno y cuando tuvo edad optó por su
destino. Las escaramuzas fueron pocas. El niño, ahora Hombre, fue coronado
junto al río.
En
su corazón hubo virtud. Su reinado fue próspero y justo. Siempre gustó de andar
por la rivera.
Una
mañana como tantas, vio niños desnudos en el agua poca y la torva espalda de
las lavanderas. Una vieja decrépita que entre todas yacía, se alzó y, con esfuerzo,
se acercó. Extendió el brazo. La mano asía la medalla. La boca vacía dijo:
Mi
niño, mi niño el Rey.
Sergio.